Amparo Buzato Gonzáles, madre de una víctima de desaparición forzada que llegó al teatro

156

“Nunca me imaginé que sería actriz y menos de teatro”, dice, con una sonrisa, Amparo Buzato González. Jamás cruzó por su mente la idea de que ser madre de una víctima de desaparición forzada la llevaría a las tablas.

Edith Vivian Agudelo, prensa Unidad de Víctimas

Amparo, de origen bogotano, recorrió desde sus primeros años de vida las tierras más apartadas de los llanos de la mano de su madre. Conoció la belleza de los cerros Mavicure, que haciendo honor a la leyenda de los indígenas Puinave, se levantan con ímpetu como una “mujer de dulce olor” en medio de la diversidad ambiental del Guainía. Habitó las fértiles extensiones de llanura del Vichada y el Meta, buscando siempre en compañía de su familia, tener oportunidades para salir adelante.

Fue madre a muy corta edad. “Mis hijos, dos hombres y dos mujeres, se llevan muy poca diferencia de edad. Ellos con su llegada, se convirtieron en el motor de mi vida”.

A Suly Flasmín Camelo Buzato, la mayor, la dio a luz cuando tenía 16 años.

“Por las mismas situaciones que han acompañado a las mujeres de mi familia, Suly se fue con mi nieta, que en ese momento tenía tan solo 9 años, a trabajar en el Guaviare. En conversaciones que teníamos por teléfono ella me contaba que el orden público en la vereda en que estaba viviendo era difícil, que tenía miedo y que no se podían ir”, relata.

Una fecha imborrable del corazón y la mente

Amparo recuerda como si fuera ayer la llamada que recibió el 18 de septiembre del 2012. “A su hija la matamos, ni se le vaya a ocurrir venir por acá por qué le pasa lo mismo”, le dijeron, sin espacio para pedir respuestas. Colgó y se derrumbó.

“En ese momento, en medio de mi dolor, lo único que logré cuadrar fue la traída de la niña de Suly. Ella muy poco quería contar o decir sobre lo que había pasado con su mamá”, dice.

Después de lo ocurrido, Amparo se vinculó a los procesos de víctimas de lleno. Quería tener noticias sobre su hija y en el camino se encontró con más mujeres que al igual que ella, tenían una historia que contar y por la cual luchar.

“He sido parte de las Mesas de víctimas, integrante de organizaciones de víctimas y fui parte del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice). En estos años reconocí en el dolor de los otros mi propio dolor y entendí que nos debemos a una sola causa: la paz”, agrega.

Por una comisión de víctimas que viajaría con una ONG al Guaviare, Amparo decide ir a ese departamento en búsqueda de algún reporte sobre su hija. “Logré que algunas personas que la conocieron me contaran sobre lo que ellos habían escuchado sobre el día. Suly tenía 8 meses de embarazo, le dispararon varias veces y luego se llevaron su cuerpo. A Tania, los vecinos lograron encaramarla en un árbol, eso me salvó a mi niña”.

“Mi vida se partió en dos, antes y después de la desaparición de mi hija. Antes, cada miembro de la familia se ocupaba en su trabajo y en ver como conseguían los ingresos diarios, siempre muy pendientes el uno del otro. Después, mi mundo se convirtió en tener una respuesta, en organizarme, movilizarme y convertirme en un instrumento para que lo que he vivido en los más de 20 años de espera, no le ocurra a nadie más”.

El teatro, un mecanismo para tocar corazones

Así fue como hace 4 años un grupo de madres de víctimas de desaparición forzada, buscando un medio para expresar el dolor de lo vivido con sus familiares, decidieron formar un grupo de teatro al que denominaron “Las Corocoras”.

“Al inició empezamos como un coro, cantábamos canciones sobre lo que vivimos. Luego pedimos ayuda a un profesor de teatro, le contamos que queríamos sensibilizar a las personas sobre lo vivido y que el público se fuera con un mensaje de reflexión. Nos ayudaron con los libretos y el guion, convirtiendo lo que en algún momento fue un sueño, en una realidad” afirma Buzato.

Estas mujeres, que a veces son 6, 7 u 8, con una puesta en escena de casi una hora, narran una a una sus historias. Son actrices naturales. Se convierte la tarima en una oda a la vida, la esperanza y el perdón.

Con flores, velas y un elemento que no puede faltar: las fotografías de los suyos, esos rostros en blanco y negro que se posan en los asistentes a las funciones para hacerles sentir esa necesidad de las víctimas a la verdad y la reconciliación.

“No es fácil contar una y otra vez nuestras historias. No es fácil porque nuestra herida está abierta. Cada que sale una lágrima en la obra, cada sollozo, cada lamento, tiene una carga emocional real. Nuestro dolor no es actuado, está aquí”, dice Amparo, mientras se toca con el dedo índice su corazón.

Desde la primera presentación ya han pasado teatros en Bogotá, Manizales y en más de 15 municipios del Meta, convirtiéndose en embajadoras de paz en el país. “Vamos sembrando una semillita en cada tarima que pisamos”, indica ella con un gesto de orgullo en su rostro.

Amparo es una defensora inagotable del fin del conflicto armado. Sobre este tema expresa: “La guerra en Colombia nos deja una cifra espeluznante de más de 8 millones de víctimas en el país. Ningún hecho vivido en el marco de la violencia es peor que otro, todos son duros, dejan una huella imborrable en quienes los hemos vivido. Nosotras, las madres y familias de las víctimas de desaparición forzada cargamos una cruz todos los días y noches de nuestra vida: saber en dónde están nuestros hijos, hermanos, padres, amigos. No poder llevarles siquiera una flor a su tumba nos parte el alma”.

“Lo que más nos preocupa hoy es la posibilidad de que estos casos se repitan. No podemos permitir que la indolencia reine en los corazones de los colombianos. Nosotros no decidimos vivir lo que vivimos, por eso nos preparamos y formamos para hablar y llegar a todos los rincones del país. Queremos un país consiente del costo humano del conflicto”.

Según el Observatorio de Memoria y Conflicto, del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), más de 82 mil personas (cifra equivalente a dos veces el aforo del estadio Atanasio Girardot de Medellín) desaparecieron forzadamente en el país desde 1958 hasta la actualidad.

Escribir, actuar y luchar para vivir

“…Y tengo muchas más cosas que decir, pero no quiero escribir más porque me dan ganas de llorar y no quiero. Solo me hubiera gustado decirle a mi mamá que la amaba y la sigo amando por el resto de mi vida…”, escribió Tania, la hija de Suly, en un libro sobre las narrativas del conflicto en Colombia que titula La historia detrás de estos ojos, un ejercicio documental de la Defensoría del Pueblo, la Gobernación del Meta y la Unidad para las Víctimas en el 2010.

Allí también plasmaron sus memorias Amparo y un hermano de Suly. Hablaron de sus gustos, su personalidad y lo que han sentido en tantos años de espera. “Participamos escribiendo un mensaje, de lo que sentimos y extrañamos. Fue muy especial hacer parte de ese proceso”, indica Buzato.

“…Yo deseo recordarla como siempre y pedirle a Dios que me dé fuerzas para seguir este viacrucis. También ruego a Dios para que se haga justicia para todos los que estamos necesitando mucha fuerza…”, escribió Amparo en el mismo documento.

El Acuerdo de Paz creó la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por desaparecidas en el contexto del conflicto armado, como mecanismo de búsqueda de carácter humanitario y no judicial.

“Cualquier decisión del Estado encaminada a encontrar la verdad será bien recibida. Nosotros queremos saber no solo en dónde están, sino qué pasó y quiénes deben asumir el peso de la justicia. Hace poco cerró un caso muy sonado de una madre que por fin después de muchos años, supo el paradero del cadáver de su hijo. Escucharla a ella me hizo pensar en el descanso que genera esta noticia, más allá de la tristeza por asumir de manera definitiva la pérdida de un ser querido”, dice Amparo.

El futuro…

“Seguiré viviendo para encontrar a mi hija… ahora tengo un nuevo propósito. Llegar a mucha gente sensibilizando y desarmando sus corazones. Cada vez que me suba a una tarima, subiré con ella, con su recuerdo. Siento que ella está conmigo contando su historia, pidiéndonos que no la olvidemos. Lograr que las personas dimensionen lo que nos ha desangrado el conflicto, es una ganancia de ambas”, afirma.

En este momento, cumple un nuevo periodo como miembro de la Mesa municipal de Víctimas de Villavicencio. Sigue con una agenda apretada de presentaciones de “Las Corocoras”. Una de ellas será la conmemoración del Día de la Memoria y Solidaridad con las víctimas del conflicto armado en Villavicencio el 9 de abril.

Allí, en el parque Central de la capital del Meta los llaneros podrán ver a Amparo de la mano de su hija, actuando para no olvidar.

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.