Aquí la soberanía no importa

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Estamos en la década de los setenta del siglo pasado en Valparaíso, un municipio del sur del Caquetá, ubicado a orillas del río Pescado. Diariamente se internan selva adentro familias enteras. Como único equipaje llevan una estera, una olla, tabacos para espantar los mosquitos, sal, manteca, una escopeta de fisto, un machete y un perro. Guiados por rudimentarias trochas, construyen con palmas un improvisado cambuche y empiezan el descumbre y tala de montaña, hasta lograr un pequeño claro donde sembrar la primera cosecha de maíz.

Llegan atraídos por el voz a voz de tierras baldías, sin dueños ni fronteras. Venían “con una manotada de ambiciones”, dejando atrás lo que había sido su tierra, familia, cultura, tradiciones. Cuando seguí sus pasos y llegué a sus cambuches, en la noche, alumbrados con un mechero de petróleo, escuché sus interminables relatos. Conocí entonces de primera mano, la llamada época de la “violencia” ya no relatada por historiadores, sino por quienes la sufrieron, los campesinos. Venían del Huila, Tolima, Valle, Meta. Allí en medio de la nada, quieren de nuevo empezar, el sufrimiento los hermana en la solidaridad. No quieren saber de colores políticos, ni de esa lucha fratricida entre liberales y conservadores, de venganzas y violencia. Con el tiempo, logran hacerse de nuevo a un pedazo de tierra y a sentirse fundadores de un territorio conquistado a punta de esfuerzo.

Años más tarde, ingresan nuevos colonizadores. Esta vez con otras ambiciones, unos atraídos por los cultivos de hoja de coca y la ilusión del dinero producto de la pasta básica. Otros, que desde las Columnas de Marcha hasta Marquetalia, habían defendido con sus armas la defensa de sus fundos y se habían convertido en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. También llegan como ellos, otros movimientos armados con la ilusión de cambiar el país, el M-19, el EPL. Y otros, vestidos de verde oliva, los paramilitares. Se disputan el control armado del territorio y el mercado de la coca. El paisaje que habían dibujado con su trabajo los colonos, se transforma en guerra, desplazamiento, muerte e incertidumbre. Una larga historia de confrontaciones se vive a lo largo y ancho del departamento por cuarenta años.

Después del Acuerdo de Paz firmado entre las Farc y el gobierno (noviembre 24 de 2016), cuando estas han dejado las armas para reincorporarse a la vida civil y convertirse en organización política, se abre una luz de esperanza. Los campesinos- colonos, víctimas de todas las guerras, empiezan a recuperar la confianza perdida en su capacidad de organización, y se toma conciencia por la defensa del territorio y el agua como un derecho.

Sin embargo, cuando inician el retorno y la recuperación de sus fincas, debajo de su tierra, en el subsuelo, empiezan a destaparse los pozos sellados por la Texas hace más de 60 años. La lejana amenaza del oro negro en la cuenca geológica Caguán-Putumayo, es una realidad con la entrega del territorio por parte del gobierno a diferentes multinacionales extranjeras para la exploración y explotación de petróleo. La guerra del petróleo, por si faltaba alguna, se inicia en este departamento de la Amazonía colombiana.

Se abre entonces un nuevo ciclo en la historia de conflicto del Caquetá. Esta vez, quien lo creyera, contra el Estado, cuando los campesinos al defender sus tierras, son atropellados por las fuerzas del ESMAD y del ejército que protegen a las empresas multinacionales del petróleo. Estas empresas constituyen una amenaza sin importar los estudios de impacto ambiental, en la medida que llegan con el aval del gobierno y sustituyen las alcaldías con el ofrecimiento de servicios públicos, dádivas y proyectos, presentados como obras en beneficio de las comunidades.

Avanza además, la minería ilegal que sin ningún control envenena los ríos con mercurio; el sutil ingreso del mercado verde; la agricultura agro- empresarial; la apropiación de las tierras por el latifundio; la presencia de voraz de ONGs que buscan apropiarse de recursos. Estos hechos, unidos a la falta de capacidad de las administraciones municipales, las débiles negociaciones para la erradicación voluntaria de los cultivos de coca y las dificultades en la implementación de los Acuerdos de Paz, aumentan la desconfianza de los campesinos colonos, que una vez más expresan, “Aquí la soberanía nuestra no importa”

Por ellos y para ellos, hay que apoyar su resistencia. Para que sea un clamor unánime la defensa de los Acuerdos de Paz, en cuanto significan un proyecto de país para para un nuevo campo colombiano, con un Desarrollo Rural Integral que sea el motor de su lucha ante los nuevos retos que enfrentan por las amenazas del gran capital. Pero también, para cambiar la forma tradicional de hacer política, de pedir y aceptar el perdón para la reconciliación, de reconocimiento de la verdad, la justicia y reparación. Porque si bien esta resistencia se da en las bases campesinas e indígenas, es importante analizar el rol que nos corresponde en la responsabilidad social que tenemos como colombianos en este momento histórico. Considero que es nuestro deber impulsarlas y sostenerlas, desde los diferentes escenarios donde sea posible.

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