“El arte me dio un escudo para sobrevivir”: José López Rincón

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Escrita por: Juan Carlos Monroy G.

Unidad de Víctimas

Con cada brochazo, la fachada gris se transforma en paisajes naturales extensos, con figuras coloridas y campesinos que cultivan en tierra fértil. La gente se acerca curiosa porque el pincel de este pintor no toca sitios al azar, sino los lugares que fueron referentes de violencia para transformarlos ahora en murales que muestran el renacer de San Carlos.

José López Rincón los conoce bien. Tiene 35 años y vivió en este municipio antioqueño a finales de los años 90, cuando el conflicto armado trajo los peores flagelos de la disputa a sangre y fuego entre guerrillas y grupos de autodefensas.

Fue la época de los asesinatos diarios y las masacres que dejaban cadáveres a la vista por varios días en sus calles y campos. Víctimas que nadie recogía por temor. La gente desaparecía sin dejar rastro a manos de uno y otro bando y las minas antipersonal mataban o mutilaban sin distinguir entre combatientes o civiles inocentes.

Mientras la gente se desplazaba por millares y, a pesar de las dificultades para ensayar y presentar las obras teatrales por los retenes ilegales y las amenazas, José encontró en el teatro, la pintura, los títeres y la música una barrera contra tanta violencia: “El arte me dio un escudo para sobrevivir al conflicto armado que tanto sufrimos”.

De ahí en adelante su carrera como artista está marcada por la época más dolorosa que soportó el municipio antioqueño, pero al mismo tiempo por la resistencia civil y la recuperación que lo muestra como ejemplo en Colombia. Hoy, convertido en pintor, artista plástico y director del grupo teatral La Gotera, en el que comenzó siendo adolescente, José es un protagonista del resurgimiento de San Carlos.

Con su proyecto “San Carlos, Memoria de Sueños y Esperanzas” pretende convertirlo en el “pueblo de los murales, en una galería al aire libre para mostrar cómo nos reconstruimos y aportamos a la paz, la reconciliación y a la memoria histórica desde el arte”, dice el artista mientras señala calles o lugares donde ocurrió algún hecho violento. Su lienzo también son los muros usados por los grupos violentos para intimidar a la gente y hasta al bando rival con grafitis amenazantes 

¿Cómo resignificamos esos espacios?, reflexionó Joselo, como lo apodan en su pueblo, cuando el conflicto empezó a dar tregua años atrás. Su respuesta, hasta ahora, son 16 grandes murales que suman más de 700 metros cuadrados pintados sin apoyo económico, pero con ayuda de muchas manos en la zona urbana y también en las veredas donde han regresado los campesinos.

El más reciente lo pintó en la zona urbana y retrata a un arriero paisa halando una mula cargada de café y, al fondo, en medio de vastos sembrados y naturaleza, una colorida casa campesina. Lo llama el mural del retorno, en referencia a los desplazados y dice que “los sancarlitanos nos soñábamos volver al pueblo y encontrarlo con el campo sembrado, con ganado y los arrieros”.

No es capricho. El desplazamiento forzado es uno de los flagelos que padecieron cerca de 20 mil personas que abandonaron sus tierras cuando el conflicto se intensificó (más de la mitad de su población), así como la victimización de su gente. Las cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica revelan que, entre 1988 y 2010, San Carlos fue escenario de 33 masacres de guerrillas y autodefensas con saldo de 219 víctimas.

El uso indiscriminado de las minas antipersonal causó 119 víctimas civiles y 127 militares. El miedo a estas trampas mortales también forzó a la gente a abandonar sus tierras y muchas veredas se despoblaron. Y el municipio pasó de ser conocido por su riqueza natural que facilitó la construcción de algunas de las centrales hidroeléctricas más importantes de Colombia, a una zona roja del conflicto. Primero llegaron las Farc, el Eln y después los grupos de autodefensas.

Joselo cuenta que a “estos grupos armados no les quedó ni un pedacito para intimidarnos, no era solo asesinar, desaparecer a la gente o poner minas, sino que con sus acciones y hasta los grafitis nos llenaron la cabeza de imaginarios de guerra… era común que la gente dijera que nos cayeron todas las plagas”.

El propio artista sufrió en carne propia el drama de verse forzado a desplazarse en el año 2001 debido a las amenazas de los paramilitares tras señalarlo de colaborador de la guerrilla.

Hasta vio “cerca la muerte” cuando un paramilitar con fama de sanguinario lo abordó mientras trabajaba. Vestía de camuflado y gafas cuando le apuntó al rostro con su arma gritándole que lo mataría. “En ese momento uno se paraliza por el miedo, siente que la vida termina para uno allí mismo y por eso me costó reconocerlo”. José y el hombre armado se conocían desde niños. Crecieron en el mismo barrio y, en medio de la violencia, cada uno tomó un camino distinto.

Por casi un año vivió desplazado en otros municipios, pero al contrario de varios familiares y otros habitantes que no quisieron volver por el lastre del pasado, José siempre sí lo hizo. Y aunque la violencia continuó por varios años más, resistió. No volvió a irse. Quiere quedarse.

Por ese arraigo por su pueblo y sus paisanos, ahora José asume como misión propia “mostrar la historia de San Carlos desde el arte para aportar la recuperación que experimentamos a medida que superamos tantos males causados por el conflicto armado”.

Y en el mural del barrio Zulia los retratados son los niños que juegan a la golosa y las canicas. La motivación de Joselo para pintarlo fue “recuperar la inocencia que el conflicto hizo que perdiéramos, porque de jugar al ‘escondidijo’, la golosa y la ‘lleva’ pasamos a jugar a los pistoleros y los muertos”.

Y sobre la vía de entrada de San Carlos, la pared de una casa que sobresale entre las demás muestra a una niña de mirada tierna e inocente, rodeada de naturaleza, flores y pájaros. Ese mural lo pintó inspirado en su hija: Dulce María.

Para José, quien fija su mirada en el rostro infantil, significa “la libertad y las semillas buenas que queremos para las nuevas generaciones”. Sus palabras son de optimismo de cara al futuro: “Tenemos que sembrar en estos muchachos la nueva semilla, lo que tenemos en San Carlos se lo deseo a todo el mundo. Nuestra tierra tiene todos los climas, cantidad de ríos y cascadas, fauna, flora. Y sin minas ya, no volvimos a tener más víctimas”.

También reconoce que su municipio ha sido beneficiado por las políticas a favor de la población afectada por el conflicto, que ha permitido a entidades como la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas alcanzar logros como la indemnización económica a 4.151 sobrevivientes, además de un plan de reparación colectiva en implementación con la reconstrucción de escuelas veredales, puentes, casetas comunales, la dotación de escuelas y centros de salud. Además, el inicio de la construcción de la Vía de la Reconciliación entre San Carlos y Granada, una obra reclamada por los dos municipios desde hace más de 40 años.

El proyecto artístico “San Carlos, Memoria de Sueños y Esperanzas” también llega a las zonas rurales más azotadas por la violencia, como en el corregimiento El Jordán, donde la población sufrió por los enfrentamientos armados, las masacres, desapariciones y las minas antipersonal.

Cuenta que “la gente empieza a identificarse en estas obras, porque reconocen su historia y hacen catarsis de lo que sufrieron”. Y concluye: “no solo embellecen las fachadas, sino que retratan cómo éramos antes del conflicto, la historia de resistencia de la gente y de cómo, incluso en medio del conflicto armado, ya estábamos reconstruyéndonos”.

El artista se refiere al retorno de cerca de 15 mil desplazados motivados por la seguridad que ganó el Oriente antioqueño en los últimos años y la restitución de tierras. También al desminado humanitario gestado por sus propios habitantes, quienes comenzaron a desenterrar minas y su ejemplo impulsó al Ejército a asumir el reto que concluyó en 2012 con San Carlos certificado como el primer municipio libre de este riesgo en Colombia.

Con la desmovilización de los grupos paramilitares hace más de 10 años y, ahora de las Farc, en San Carlos se vive sin conflicto armado. También tienen para mostrar experiencias exitosas de reconciliación entre víctimas y victimarios hoy reintegrados.

José López Rincón aporta a esta nueva historia de San Carlos. Como artista ve su futuro en colores brillantes y repite una y otra vez que “no vamos a seguir con el corazón arrugado del odio y tristeza, tenemos historias de violencia, pero estamos construyendo la paz y volvimos a estar orgullosos”.

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