El Martes diez y ocho

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Ese día no hubo muertos en toda la nación. Los diarios proclamaron la noticia en primera página, a 4 y hasta 8 columnas, y las emisoras de radio y televisión debieron recortar los noticieros a la mitad, porque sin muertes no tenían nada serio que contar. Rellenaron el tiempo con deportes e imágenes de farándula, aunque nada de eso resultaba creíble: ¿cómo podía ser cierto que en toda la nación, ese día de marzo no hubiera ocurrido siquiera una muerte accidental? El gobierno nacional abrió entonces una línea telefónica gratuita por 24 horas para confirmar los hechos: todo ciudadano debía reportar si el día anterior, el 18 de marzo, había ocurrido alguna muerte en la nación, por causas naturales, como estaba previsto.

Nada cambió. Todo lo dicho fue confirmado. Inclusive en los cuarteles se hizo reconteo de hombres, lo mismo en las escuelas y en las iglesias, en los hospicios y en las cárceles. Todo siguió siendo “0. K.”.

Entonces los fiscales abrieron investigaciones exhaustivas, por orden del presidente vitalicio. Debían encontrar la causa de tan prodigioso acontecimiento.

Mientras las autoridades judiciales rumiaban sus investigaciones, el escándalo creció como espuma. La prensa oficial, como era de esperar, sacó ventaja del extraño suceso. Ofreció tres interpretaciones: una, que podía tratarse de los primeros resultados del programa presidencial “Seguridad para todos”, iniciado 13 años atrás; dos, que sencillamente había sido una bendición del Altísimo, coincidente con la víspera del nacimiento de Simón, el primogénito del presidente Antequera; y por último, según un diario que recién se había pasado de la oposición al oficialismo, se argumentó que todo se debió a un fenómeno natural causado por la alineación de los astros, como sucedía cada 3.756 años y conforme estaba registrado en los libros sagrados y en las profecías más antiguas.

La prensa de oposición trató el asunto de manera distinta. Dado que estaba prohibido cuestionar las cifras oficiales, y ya era oficial que nadie, ni nada, había muerto ese martes 18, las especulaciones derivaron hacia las consecuencias previsibles del hecho. Un matutino izquierdista estimó que si en promedio morían 25.802 ciudadanos cada día del año, por causas naturales se entiende –en la República ya se cumplían 9 años en que la única causa oficial de muerte era la “muerte natural”- y dado que la tasa de natalidad se había incrementado al 1,9% desde que se inició el gobierno del Presidente Antequera, la población total se incrementaría de forma imprevista en 457.712 habitantes en los próximos 30 años, algo no estimado en el plan decenal adoptado por la Asamblea Nacional Constituyente. Ese podría ser un resultado perverso para las políticas de “seguridad alimentaria” y de “vivienda compartida” que eran pilares del “Gobierno Nuevo”.

Un noticiero que seguía en manos de presuntos subversivos y pasaba los días feriados, argumentó que los 25.802 vivos que debieron morir pacíficamente el martes 18 de marzo se morirían de todas formas en los días siguientes del año y que nada pasaría con la tasa anual de natalidad. Es más, se preguntaba, con cierto morbo terrorista, si al día siguiente, el 19 de marzo, no habría crecido el número de muertos, aseveración que mereció la inmediata respuesta del Ministro del Culto: “Todo sigue normal, absolutamente normal”.

La oposición de derecha, que era numerosa y muy beligerante, de forma unánime argumentó desde sus periódicos con sedes en Miami y en varias islas del Caribe, que la causa de tantos vivos juntos no se debían atribuir al actual gobierno sino al anterior, al de ellos, justo por la acción combinada de sus políticas de regulación de los matrimonios, prolongación de la vida laboral y difusión entre la población joven de las buenas prácticas de ejercicios marciales y deportes de alta competencia, iniciadas todas desde el siglo anterior.

Donde el debate sobre el milagro del “M-18-M” -como terminó llamándolo la prensa- se dio de forma más álgida fue en las redes sociales. Los tuiteros de oposición comenzaron mostrando fotos de muertos del “M-18-M” que inmediatamente eran borradas y sustituidas por caricaturas, gracias a un programa institucional de alta seguridad informática recién instalado por el Ministerio de la Cultura y la Información. Entonces, en venganza, los muchachos hackers se inventaron un programa que hizo aparecer en la Registraduría del Estado Civil a todos los vivos como si hubieran muerto el “M-18-M”, y a los muertos como vivos, con tanto éxito que lograron paralizar al sistema bancario, las tarjetas de crédito, las transacciones de propiedad, el pago de mesadas, los matrimonios ante notarios y el cobro de impuestos. Fue el caos total, apenas iniciando abril.

Las primeras en quebrar fueron las tres aseguradoras privadas, porque automáticamente los muertos más vivos se apresuraron a cobrar sus seguros por interpuesta persona. Al día siguiente se declararon en quiebra los bancos, pues todo mundo comenzó a sospechar que algo sobre tanto muerto virtual debía ser cierto y miles corrieron a retirar sus ahorros y a cobrar sus deudas, por si acaso. Inclusive en los barrios pobres se denunció acaparamiento ilegal de víveres y algunos supermercados exprés fueron saqueados. Ocho días duraron los vivos empoderados figurando como muertos en toda la nación.

El presidente Antequera entró en cólera. Destituyó y condenó por traición a la patria a su Ministro de la Cultura y la Información. Siempre había sospechado de él y de sus tecnologías del infierno.

Después aprovechó para dar de baja a varios militares por sospecha de ser golpistas asociados a la oposición de derecha, y al grupo de sargentos que se solidarizó con los generales denostados, acusados estos de golpistas de izquierda.

El orden regresó pleno ocho días después, como ya sabemos, cuando apareció en TV el Presidente Antequera con la nueva cúpula militar y los siete encapuchados acusados de ser los hackers causantes de todos los males.

“Las crisis siempre son buenas para avanzar”, dijo el Presidente a toda la población expectante. Y enseguida pasó a anunciar los nuevos cambios que llevaría a la Asamblea Nacional Constituyente, la cual revivió por decreto, pues hacía dos años había entrado en receso.

A juzgar por los comentarios de la prensa oficialista, al día siguiente en el país reinó de nuevo la paz y la armonía, inclusive hubo consenso sobre lo beneficioso que sería para los inversionistas internacionales los cambios institucionales anunciados. Regresó la confianza inversionista y la economía crecería al 7.5% anual en las próximas décadas, como lo proponía el ministro Junguito.

La prensa de extrema derecha y la de extrema izquierda, como siempre, ignoró los anuncios de reformas constitucionales en la justicia y sus tribunales, en los partidos y su financiación, en la libertad de culto y todas esas libertades recién reconocidas por el Presidente. Al contrario, sus noticieros se ocuparon de cosas más banales como los precios de los alimentos importados, las lluvias de abril -que ahora serían en junio según datos oficiales, o con suerte en diciembre-, se refirieron al nuevo técnico de la selección que sería brasilero y no argentino, a las fiestas patrias, todo para bajarle el tono a las reformas que siempre anunciaba el Presidente después de las crisis.

El único problema que no quedó resuelto para siempre, a pesar de los esfuerzos oficiales, fue el que introdujo una asambleísta de oposición en la nueva Constitución Patria: quedó establecido que todos los años, cuando el calendario trajera un “M-18 en marzo”, ese día no habría muertos –de muerte natural- en toda la nación, en homenaje a la memoria eterna del Presidente Vitalicio, doctor emérito Simón José Antequera de los Olivos.

Kay-Ser

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