“En algunas zonas del Caquetá, la firma del acuerdo no representó la terminación del conflicto”

185

Para entender el presente es necesario tomar elementos del pasado; por eso el director de Fiscalía Seccional Caquetá, Luis Alexander Bermeo Barrera, en su intervención durante la IX Jornada Jurídica que se desarrolló en la Universidad de la Amazonia se remontó a la época de la explotación de la quina y el caucho -factor determinante en los procesos de migración y colonización del sur del país- hasta llegar al año 2019 en una exposición que atinó a titular “Existencia de un conflicto armado sectorizado en el territorio del departamento del Caquetá y su transición hacia el posconflicto”.

Una transición que trató desde el planteamiento del conflicto como identidad, seguida del narcotráfico y su relación con este proceso, haciendo las debidas precisiones sobre el término cuyo alcance va más allá de los combates derivados de una oposición o rivalidad prolongadas. Superada esa fase introductoria, entró en materia con la firma del acuerdo Gobierno-Farc y el posacuerdo, en lo cual se enmarca la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

Ya en la parte última de su exposición Bermeo Barrera habló de las disidencias en el Caquetá para dejar entre los asistentes importantes inquietudes que merecen un análisis y su respectiva respuesta, tanto en lo individual como en lo institucional.

Punto de referencia

Una obligada referencia para asimilar con conocimiento de causa y efecto cuanto sucede en el país es el libro Nuestra guerra ajena, de Germán Castro Caycedo, obra que recomendó por cuanto revela importantes detalles  sobre aspectos complejos como los lazos entre Colombia y Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico. Consulta obligada que explica, por ejemplo, cómo caímos en un conflicto a  partir de vicios ajenos que permearon las esferas de lo regional y sus comunidades

De hecho, la obra en mención es una crítica aguda del autor, quien denuncia los inicios y las causas del narcotráfico en Colombia cuando los traficantes estadounidenses llegaban a la costa norte para llevar la yerba que saciaría la adicción de veteranos de la guerra de Vietnam, entre otros, mientras en los campos del territorio nacional los cultivos tradicionales desaparecían ante el poder seductor del billete verde. Contrabandistas que pasaban a ser mercaderes de marihuana y cocaína, quienes pasaron a formar carteles de la droga con ganancias exorbitantes; de ese modo se dio el derroche, acompañado de los actos de terror en tanto que la corrupción se esparcía cual fértil semilla.

Castro Caycedo igual aborda en sus páginas el origen de los paramilitares y los cambios que generó su presencia en el conflicto interno, con todo y la llegada de instructores extranjeros. En otros apartes el libro trata de la riqueza acuífera de América Latina y su interés estratégico; pero sobre esto último no se pronunció el conferencista.

Nuevas etapas

Luis Alexander Bermeo no solo ha vivido parte de esa historia, sino que se ha documentado muy bien, de modo que su narración es prácticamente una vivencia que recoge la violencia entre liberales y conservadores, el Frente Nacional y su herencia, el surgimiento de las Farc, la colonización y entrega de tierras, entre otros aspectos, sin detenerse tanto en el siglo pasado, aunque sí hizo una breve alusión al estatuto de seguridad del gobierno de Julio César Turbay Ayala, que afrontó la toma a la embajada de la República Dominicana por el movimiento guerrillero M-19. So pretexto de combatir el secuestro y la extorsión, en ese periodo se le otorgó un manejo autónomo a las fuerzas militares sobre el orden público junto a otras prerrogativas; era un instrumento para poner en cintura la subversión armada haciéndose extensivo a la protesta social.

En otras palabras, se empleó la coacción y la restricción de las libertades públicas para enfrentar la crisis política y económica con la que se cerraba el régimen del Frente Nacional y se inauguraba una nueva etapa en la vida política colombiana. Como se recuerda, entre 1978 y 1982 la ofensiva guerrillera se hizo fuerte por parte del M-19, que extendió su acción a los departamentos de Chocó, Caquetá, Cauca y Nariño mientras las FARC era el grupo más organizado, con operación en el sur del país y el Magdalena Medio. Para entonces, el narcotráfico reflejaba todas sus secuelas en términos de la presencia de grupos mafiosos con elevado poder local y representación política, además de su alta capacidad de disuasión e intimidación.

Que no se vuelva a repetir

La fuerte militarización del Caquetá, los malogrados procesos de paz, el narcotráfico, el Plan Colombia y el Plan Patriota, el reacomodamiento de la guerrilla, que dejó de lado la confrontación directa por la presencia de la Fuerza Omega, hicieron parte de sus reflexiones, en las que advirtió que en nada comprometen a la institución que representa.  En un momento de su intervención pareció recoger el dolor de las víctimas al recordar lo sucedido en Peñas Coloradas, vereda de Cartagena del Chairá de la que fueron desplazadas cientos de familias en uno de los episodios de más ingrata recordación regional y nacional.

Tiempos pasados que se espera no se vuelvan a repetir y que lo animaron a decir: “En Caquetá vivimos una prisión domiciliaria… Caquetá no floreció, éramos visibles por la situación  de guerra”, manifestó al concluir que guerrilleros y paramilitares se beneficiaron del narcotráfico.

El posacuerdo

Al hablar del posacuerdo, Bermeo Barrera sostuvo que “alguien”, equivocadamente, dijo que la firma del acuerdo era el fin del conflicto, situación que contrasta con la realidad, más si se tiene en cuenta que este concepto no puede limitarse al accionar de grupos guerrilleros o paramilitares.

En ese punto de la conferencia hizo referencia a los disidentes, quienes consideran una traición la firma del acuerdo. No ha habido acuerdo de cómo llamarlas, pero efectivamente existen, se están organizando, están actuando y de qué manera, reconoció ofreciendo elementos de juicio para entender el rol que cumplen; entre ellos, tienen doctrina propia y mandos jerarquizados que fluctúan debido a las capturas y abatimientos.

Se estima que en Caquetá y Meta hay unos 1.400 hombres que hacen parte de esos grupos irregulares, que además pretenden sumar alrededor de 2.500 integrantes. Aún así, en la actualidad no hay enfrentamientos militares fuertes, pero sí hay eventos propios del conflicto armado, expresó indicando que en 2018 se registraron 278 hechos relacionados con reclutamiento, caletas con explosivos, desplazamiento, secuestro. En 2019 son igualmente numerosos los incidentes que afectan a núcleos familiares, docentes, empresarios y menores de edad, entre otros.

Graves afectaciones

Si se tiene en cuenta que en Colombia operan grupos como Los Pelusos, el Clan del Golfo y las disidencias, principalmente, será tarea de la administración de justicia determinar la existencia o no de un conflicto armado, que en Caquetá exige intervención especial de manera particular en Cartagena del Chairá, San Vicente del Caguán, Puerto Rico, Solano, Solita, San José del Fragua y El Paujil.

A partir del análisis de Luis Alexánder Bermeo Barrera es evidente que hay un grupo armado organizado reconocido que intenta ganar posicionamiento en el territorio. Pero no solo eso, hay lugares donde vuelven a ser las funerarias las que hacen el levantamiento de cadáveres, no la policía judicial; eso, a la par con familias que abandonan el territorio y que incluso deben formular sus denuncias en Bogotá, porque temen quedarse en el departamento.

Cierto es que no hay enfrentamientos armados, pero sí hechos claros y concretos que afectan a la población civil, concluyó al preguntar si algo de estas proporciones se puede percibir como una manifestación normal o dentro del Derecho Internacional Humanitario. “Es un trabajo de humanidad… para establecer si estamos o no en medio de un conflicto armado en Caquetá”, dijo señalando que la JEP es la “demostración de vergüenza de la justicia ordinaria”.

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.