La guacamaya, la coca mala y de cómo el canario cambió de color

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Frente a los fogones donde se cocinan los alimentos, el abuelo enciende unos troncos de madera al interior de la maloca, toma las hojas de coca frescas del canasto y las pone en una olla negra tiznada por el carbón. Con su cuchara de madera remueve lentamente las hojas secándolas homogéneamente para hacer mambe. Una y otra vez la cuchara golpea las paredes metálicas mientras las hojas se tuestan produciendo un sonido crujiente que empieza a competir con el canto de los insectos en la noche. Al ritmo de la cuchara y sin otra iluminación que la de los troncos ardientes, el abuelo nos cuenta la historia de por qué los animales son como son.

– Él dijo “esta coca no sale rápido” entonces sopló todo ese humo y la coca se quemó y así esa coca la metió ya quemada dentro de un canasto. Entonces ya se sentó a hablar y empezó a llamar a los animales. Llegó el mico chichico ¿Usted conoce el mico chichico?

– Creo que sí- contesté indecisa.

– Llegó el mico chichico y saludó. “Dele coca al mico chichico”. El mico se la metió a la boca y sintió candela. Y sale ¡chi, chi, chi, chi! Y toque aquí, toque allá. ¡Era la candela! Y ya quedó así, ya. Ya vino el loro. “Dele coca al loro”. Se lo metió a la boca y sintió que se quemó la lengua, pura candela. Por eso la lengua del loro es seca. Luego llegó la Guacamaya, se metió la coca a la boca y se le quemó la lengua también. Y salió volando y por la pura candela le quedaron las alas rojas. Por eso la guacamaya tiene las alas rojas de la candela. Luego llegó el mico tintín. Saludó. “Dele coca al tío tintín”. Se lo echó a la boca y sale ¡cui, cui, cui, cui! Por eso uno lo escucha por ahí por el monte, por allá así ¡cui, cui, cui, cui! porque se quemó con la candela. Así todos los animales, todos los animales cayeron en esa trampa. Nosotros también caímos. ¿Sabe por qué? Porque todos tenemos un resabio. Yo tengo un resabito. Ya quedamos así, de diferente forma.

Conocí al abuelo, un indígena Uitoto, en el resguardo Bajo Aguas Negras del municipio de Solano. El viaje inició en Florencia el lunes 24 de septiembre como parte de la salida de campo del programa de biología con los docentes y estudiantes adscritos a los cursos de uso y conservación de la biodiversidad y evolución. Navegamos el río Orteguaza hasta su desembocadura con el Caquetá con rumbo sur-oriente hasta perder de vista la cordillera. A medida que avanzábamos, las áreas deforestadas disminuían y un paisaje generoso en flora y fauna nos daba la bienvenida. En el camino nos detuvimos un par de veces a comer en los puertos de los pueblos a la orilla del río. En cada uno de ellos debimos pasar por el protocolo militar de explicar la razón del viaje, entregar los documentos de identidad y permitir la requisa de nuestro equipaje por parte de la armada nacional. Las historias de guerra y resiliencia de los pobladores de estos sitios, las cicatrices en la arquitectura de los pueblos y la misma interacción con los militares nos recordaba que navegar estos ríos es recorrer los vestigios del conflicto armado. Resultaba evidente que ni el intercambio con otras comunidades que habitan el territorio, ni el estudio de la biodiversidad, ni el reconocimiento de la geografía del departamento serían posibles sin un pacto de convivencia como el que recientemente ratificó el país a través del acuerdo de paz.

Después de 9 horas de camino llegamos a la orilla del resguardo. Desde allí caminamos cerca de 40 minutos sobre troncos de canangucha que los indígenas dispusieron en hileras para hacer posible el tránsito por el camino inundable. Al final del cananguchal y después de otro camino entre los árboles se abría un claro en medio del bosque en el que sobresalía una maloca imponente de techos altos tejidos de hoja de palma, que generosamente habían dispuesto para nuestro hospedaje. Darío, el gobernador, nos condujo hasta la maloca y una vez allí nos presentó al abuelo y a dos de las mujeres de la comunidad que nos acompañarían y cuidarían durante el resto de la estadía.

En las mañanas, explorábamos el resguardo en compañía de Darío y Aldison, en las tardes los estudiantes recolectaban datos para los proyectos de sus cursos. Durante estos recorridos identificamos adaptaciones de plantas y animales que hacen posible su sobrevivencia y aprendimos sobre el uso humano de la biodiversidad y la cosmogonía de las plantas medicinales que cultiva la abuela Arelis. Entre conversaciones académicas y mitológicas descubríamos paso a paso que el bosque es un gran inspirador del pensamiento.

-Cuando era niño y empecé a caminar por el monte me enseñaron a crear un acertijo con esta guaduilla- dijo Darío mientras cortaba dos ramitas de un arbusto al costado del sendero. Las unió de forma perpendicular poniendo sobre la punta de ellas un pedacito de tronco astillado. El reto del acertijo era liberar una de las ramas sin destruir el resto de la estructura.

– Le decimos el rompecabezas del diablo—continuó—Si usted está en el monte, para defenderse de los duendes, usted hace este rompecabezas y lo deja por ahí. Cuando el duende lo está persiguiendo a uno, ve el acertijo y queda loco tratando de resolverlo ¡entonces usted alcanza a volarse!—Palmoteó sonriente.

Ninguno de los caminantes logró resolver el acertijo. Probablemente el duende tampoco.

En las noches, Leidy Johana y las demás mujeres encargadas de la cocina nos preparaban la cena casi siempre acompañada con casabe recién horneado. Comíamos en la mesa de madera larga frente a la entrada posterior de la maloca y luego nos sentábamos en el centro a mambear con el abuelo. La coca tiene la virtud de la palabra, “el mambe da la claridad para hablar con la verdad”, dicen los mambeadores. El mambe es una mezcla de hoja de coca tostada y molida con ceniza de Yarumo, se acompaña con ambil, una pasta derivada de las hojas de tabaco.

En los encuentros al interior de la maloca los estudiantes no solo tuvieron la oportunidad de escuchar, sino también de compartir lo que sabían. En una ocasión un grupo de estudiantes compartió lo que aprendieron sobre el proceso de selección sexual que incrementó el numero de canarios con alas rojas en una población mayoritariamente amarilla. Las hembras empezaron a seleccionar los machos de plumaje y pico de color rojo que transmitieron esa característica a sus descendientes generando una sub-población. Con esta presentación recordamos la historia de la guacamaya que se le quemaron las alas por comer coca mala. Los estudiantes explicaban porque las alas rojas pueden aumentar en una población de pájaros y el abuelo nos hablaba de la funcionalidad moral del color rojizo de las plumas. Las alas rojas de la guacamaya nos recuerdan el peligro de la falta de discernimiento, de reconocer entre la coca buena y la coca mala. El mito con el que empezó este relato establece una relación entre los humanos y los animales a través de la coca y el fuego. Así como la coca es fuente de pensamiento, la coca mala es castigo. Entendimos que el mito no es solamente una descripción sobre las características del entorno que habitamos, sino un tejido de significados que nos conecta simbólicamente con ese entorno.

La última noche del viaje la pasamos en la vereda Peregrinos en donde seguimos aprendiendo sobre la relación de las comunidades indígenas y campesinas con el medio ambiente. Nos hablaron de su compromiso por defender el territorio, a pesar de las amenazas de las industrias mineras y madereras, las fumigaciones con glifosato, los grupos armados y el abandono estatal. Navegamos de vuelta los ríos Caquetá y Orteguaza hacia Florencia, deteniéndonos nuevamente en los puertos con retenes militares, escuchando las historias de quienes celebran la presencia de la Universidad de la Amazonia, y con el deseo de continuar transitando las diferentes regiones del departamento en paz.

 

Con el apoyo de:

Alejandro Reyes Bermúdez

Biólogo Marino de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, doctor en philosophy in pharmacy and molecular sciences de la Universidad James Cook, postdoctorado de la Universidad de California, postdoctorado de la Universidad de Ryukyus y el Okinawan Institute of Science and Technology.

Profesor del programa de biología de la Universidad de la Amazonia.

Alexis Calderón Álvarez

Biólogo de la Universidad de la Amazonia, especialista en Informática Educativa de la Universidad de Santander y magister en Conservación y Uso de Biodiversidad de la Pontificia Universidad Javeriana.

Profesor del programa de Biología de la Universidad de la Amazonia.

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