Los estudiantes hicieron historia y vencieron

Los estudiantes colombianos pusieron contra las cuerdas al presidente Duque y a la clase política nacional

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Los estudiantes colombianos pusieron contra las cuerdas al presidente Duque y a la clase política nacional, neutralizaron a los medios de comunicación y conquistaron el corazón de muchos colombianos. Hicieron historia.

A pesar de lo escabroso del escándalo del Fiscal Martínez y los negociados de Odebrecht, la agenda nacional la han puesto miles de estudiantes que se atrevieron a marchar contra la corriente, a innovar en los métodos de protesta y a convocar a toda la nación a construir un proyecto de futuro solidario, en paz y en equidad.

Las marchas y protestas de los estudiantes, inicialmente por presupuesto adecuado para la educación superior, han pasado a constituir una propuesta integral de futuro de nación basada en el acceso equitativo al conocimiento: toda una propuesta de nación y de modelo de desarrollo humano, sostenible y en paz. Los funcionarios del Gobierno Duque y sus copartidarios en el Centro Democrático, confundidos entre las tareas de campaña electoral y las de gobierno, atinaron primero a despreciar las protestas, a darles el tratamiento ordinario de “orden público”, a condenar a los dirigentes y denunciarlos como aliados de guerrilleros e idiotas útiles de la izquierda, es decir, a criminalizar la protesta. Esta ha sido la solución fácil, desde los tiempos del Frente Nacional. Como respuesta, los estudiantes usaron la palabra y la razón. Persistieron en la movilización pacífica. Luego vinieron las provocaciones y la infiltración en el movimiento estudiantil, como ha ocurrido en los últimos 50 años. Pero entonces los medios de comunicación comenzaron a reconocer los cambios en el accionar de los estudiantes y a pedir negociación.

Los rectores de las universidades públicas jugaron también un papel protagónico en la búsqueda de soluciones, pero se quedaron cortos. Fueron pragmáticos, en el acuerdo con el presidente Duque, pero resulta que los estudiantes se atrevieron a soñar. El movimiento siguió por el centro del cauce y no por los atajos.

En suma: 1) La vieja táctica de los grupos guerrilleros de usar la movilización estudiantil para polarizar y cooptar militantes a la causa insurgente, ya no es aceptada por los estudiantes: estamos en tiempos de construcción de paz y de búsqueda de acuerdos con el ELN; 2) La más antigua táctica de las élites colombianas de estigmatizar la protesta y las causas sociales como subversivas, comunistas y chavistas, resultaron ahora ridículas y fantasiosas; 3) La política tradicional de los medios de comunicación de convertir el morbo de la violencia en la noticia y no registrar las causas de las protestas, cedió, en parte, solo en parte, al encanto de la palabra y la música y los trajes y la cara limpia de los voceros estudiantiles. Daniel Samper Ospina, con su Maluma pidiendo cita al presidente Duque, replicado por los grandes medios, es el mejor ejemplo; 4) La marcha de los Caminantes de la Manigua, desde Florencia Caquetá hasta la “selva de cemento” en Bogotá, ha convocado la solidaridad y el ejemplo: desde todo el país más estudiante marchan pacíficamente y de seguro el presidente Duque no podrá seguir ignorándolos.

Todo puede resumirse en el editorial del diario de Luis Carlos Sarmiento Angulo, sí, el que era de los Santos y que sigue marcando la pauta, El Tiempo (hoy, 19 de noviembre de 2018):

“Pero la verdadera noticia, muy por encima de las contingencias de cada jornada, ha sido la convicción con la que los estudiantes han asumido su justo llamado al Estado –y a su nuevo gobierno– para que no solo salde su deuda histórica con la educación, sino para que, a través de los jardines, los colegios y las universidades públicas, de verdad dirija a Colombia hacia un futuro en el que se dé por fin la elusiva equidad”.

“Es precisamente esa palabra, ‘equidad’, la que podría emparentar las manifestaciones estudiantiles con las más importantes promesas del mandato de Iván Duque. Dicho de otro modo: estas marchas podrían ser vistas y tomadas, desde un gobierno que en varias ocasiones ha dado muestras de creer en la conciliación –y desde una presidencia a la que incluso sus rivales le han reconocido una importante vocación a unir a la sociedad colombiana–, como una oportunidad de oro para darle un renovado aire al país y empezar un capítulo nuevo que ponga de acuerdo a la ciudadanía en la idea de que la justicia social empieza en las aulas”.

Quién lo creyera, hasta yo, un humilde profesor universitario, firmaría el editorial de El Tiempo, todo gracias al triunfo del movimiento estudiantil.

 

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