¡Qué hijueputas tan inteligentes!

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“Uno aprende a conocer sólo aquello que ama y cuanto más profundo y completo tenga que ser el conocimiento, más fuerte e intenso tiene que ser el amor, en realidad, la pasión”.

Máximas y reflexiones, de Johann Wolfgang von Goethe.

Con ocasión a la asamblea triestamentaria convocada por los estudiantes de la Universidad de la Amazonia, el jueves, 14 de noviembre de 2019, un estudiante de voz ronca, pidió la palabra y de nuevo arremetió contra el movimiento estudiantil con diatribas y los calificó de “¡mamertos, hijueputas!”. Digo nuevamente, porque no era la primera vez que lo hacía ante la falta de argumentos. No será el primero ni el último en vociferar ofensas en contra de quienes le apuestan a los cambios y a la vida; sin embargo, ante la ceguera política y social debemos recordar las palabras del poeta español Antonio Machado: “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”.

Por consiguiente, en las siguientes líneas quiero esbozar algunas ideas sobre el término “mamerto”, otras alrededor de la crisis educativa y, finalmente, algunos argumentos para marchar el 21 de noviembre de 2019.

Inicio diciendo que entre asombrado y perplejo quedé al escuchar la réplica que hizo un estudiante ante la asamblea triestamentaria. Personalmente, siempre espero en este espacio intervenciones argumentadas, posiciones críticas, discursos fundamentados que contribuyan al diálogo polémico o por lo menos “Ab alio expectes alteri quod feceris”[1], decía Publio, el poeta Romano.

No pude dejar de sentir una extrañeza al escuchar el “¡mamerto, hijueputa!”, a voz en cuello, en un escenario donde las discusiones son abierta y no ad hominem[2]. Pensé que detrás de la reacción iracunda hay un sujeto que desconoce por completo el significado de la palabra y se me ocurrió rastrearla.

El término “mamerto” es curioso. La mayoría de las personas desconocen su origen, empero, su uso es excesivo y con mayor liberalidad, generalmente, de forma despectiva. “Mamerto” no es de empleo exclusivo en nuestro territorio. En otros países de América Latina se asocia a lerdo, sagaz o cínico que en nuestra variación dialectal equivaldría a bobo, vivo o conchudo.

No obstante, “mamerto”, hace más de 60 años, es utilizado para burlarse o empleado con desdén al referirse a los militantes del Partido Comunista y, más recientemente, a los partidarios de la izquierda en general. “Mamerto”, con peyorativo uso, se ha vuelto una respuesta —salpicada de displicente triunfalismo en la persona—, carente de articulación argumentativa ante alguna discusión propuesta, sin mencionar la carga ideológica en la reacción cerril.

De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española (RAE), “mamerto” no existe como término, empero, Oxford Dictionaries, lo ubica como locución coloquial y con variado sentido depediendo la geografía latinoamericana.

Para Jorge Hernán Arbeláez Pareja, en su blog “En armonía con Cervantes”[3], señala que “mamerto” puede servir para significar algo largo o dificultoso; también para caracterizar una persona que lleva la contraria en todo y, además, con tendencias “izquierdosas”. La palabra tomó fuerza por la época en que Gilberto Vieira fuera el Secretario del Partido Comunista Colombiano. Ante los acostumbrados discursos rojiazules (liberales y conservadores), las extensas intervenciones de Gaitán o las peroratas del oscuro personaje como Laureano Gómez, se sumaron, en la década de los años 30, las eruditas disertaciones sobre las luchas sociales de Vieira y se abrió paso a las reivindicaciones laborales y sindicales, abandonando el bipartidismos y asumiendo el papel político de organización, especialmente obrera. Y agrega, Arbeláez: “En el habla cotidiana de los colombianos, quien se retracta, se arrepiente o procede con mesura es considerado ‘mamón’. Quien se ‘mama’ simplemente desiste y, como bien se dice, ‘para ese no hay ley’. En medio del sectarismo ideológico, algunas organizaciones de izquierda, en disputa permanente por nuevos feligreses, consideraban que el PCC era timorato porque rechazaba lo que este juzgaba aventurerismos prematuros. De la mezcla de esos nombres y del colombianísimo término ‘mamarse’ surge la palabra ‘mamerto’. En la jerga de la izquierda colombiana, ‘mamertiarse’ puede ser, o bien abandonar y posponer cualquier lucha (cualesquiera sean las razones), o bien adoptar posturas que se juzgan propias del PCC”. Como se ve, la asociación estuvo por los bordes de la burla, lo ofensivo, lo despectivo y la izquierda.

A esto se añade el contexto histórico, mediado por el antagonismo político en Colombia que prohibió cualquier idea socialista en época de la “hegemonía conservadora”, así como la negación de los derechos a la huelga que había explotado el 6 de diciembre de 1928 en el Magdalena. Posteriormente, el movimiento obrero, el Partido Socialista Revolucionario y el Partido Comunista Colombiano fueron satanizados por rojos, comunistas y ateos. Una declaración de muerte en un país godo y anticomunista. El salto a la lucha armada de las guerrillas en los años 60 agudizó la persecusión estatal (y clerical) contra aquellos que profesaban “ideas foráneas”. Suena curioso, pero Gilberto Vieira no era seguido por los grupos guerrilleros, estos criticaban, insistentemente, el exceso retórico y la falta de acción revolucionaria. Tomar las armas y marchar hacia el monte para lograr los cambios era la premisa después del triunfo de la Revolución Cubana, y quienes no lo hacían, aún teniendo argumentos de peso por la situación política, social y económica del país los catalogaban de “mamarse” por su indecisión.

Pasemos ahora a la segunda parte de la discusión, porque seguido al vocablo “mamerto” está el hijueputazo. Expresión insultante y un disfemismo destinado a agredir. Sin embargo, no creamos que su función es exclusiva manifestación soez o inculta; por el contario, resulta particular su función. En otro artículo[4] había referido lo siguiente: “Casi todas las palabras del español tienen múltiples acepciones y muchas resonancias, a pesar de que en el libro [“Memorias de un hijueputa”, de Fernando vallejo] se afirme que “para el insulto el español no sirve” (p. 92). Por ejemplo, hijueputa lo han tomado como el gran insulto en Colombia. Pero también es una palabra elogiosa: “¡Qué hijueputa tan inteligente!”. En otros países varía, verbigracia, como “hijo de puta”; en México, hijo de la chingada y en Colombia tiene una actitud lingüística determinada, mediada por el enunciado y su contexto”. Por eso, ante la declaración con intensiones oprobiosas y sin llegar a contradecirme, podemos coincidir que todos somos unos “hijueputas”, porque en un país donde solo tenemos para escoger entre lo malo y lo peor, nos quedamos con el verdugo; sin embargo, en una sociedad donde el ser humano nace malo y luego la misma sociedad lo empeora, los estudiantes (en su mayoría) nos han enseñado que hay unos “hijueputas tan inteligentes” como para salir a confrontar las injustas acciones gubernamentales, proyectando mantener un derecho común a la educación y el “buen vivir”.

 

Crisis universitaria

Ahora veamos, en cuanto a la discusión de la crisis universitaria, me permito afirmar que la universidad desde el siglo XII, ha lidiado con tres problemas esenciales: primero, la configuración de la idea moderna de universidad; segundo, la crisis de las sociedades y; tercero, la crisis capitalista de la época. Actualmente, le sumamos la negada posibilidad de un ejercicio crítico y democrático en las instituciones educativas.

Ortega y Gasset, por ejemplo, manifestaba que la crisis educativa inicia por la ausencia de pensar el papel de la crítica y la diversidad en el conocimiento como exigencia perentoria de la humanidad en la búsqueda de su identidad[5]. No obstante, la crisis universitaria no solamente ha pasado por lo antes mencionado. A falta de presupuesto per cápita a los estudiantes colombianos, la cobertura “ficticia”, la precarización contractual de los profesores, la venta de servicios educativos, se suma el avance del fascismo en las universidades públicas colombianas.

De acuerdo con Marx, las sociedades capitalistas constantemente producen crisis y son superadas a través de la destrucción de las fuerzas productivas para conquistar nuevos escenarios mercantiles y consolidar la explotación social, así como cooptar los medios para prevenir cualquier otra expresión subalterna o popular. En consecuencia, la crisis universitaria es la expresión del capitalismo y la pretensión por mercantilizar la educación a cambio de rentas; es decir, privatización. Pero la situación no se detiene ahí. Las acciones violentas contra los estudiantes es sinónimo del deseo por controlar la expresión rebelde del país.

Sirva de ejemplo las últimas actuaciones del subpresidente Duque quien ha atentado y reprimido a los estudiantes que protestan por el incumplimiento de lo pactado en la mesa de negociación estudialtil; por la aprobación del artículo 44 de Plan Nacional de Desarrollo y por el cese de las acciones violentas hacia el movimiento estudiantil. Estamos ante un Estado autoritario y déspota que no termina de crispar su puño a través de los aparatos represivos como el ESMAD. Max Horkheimer, nos recuerda que “en espera de una época autoritaria, el horror no debe ser obstáculo para la resistencia” y las movilizaciones lo han demostrado. Se ha optado por caminar la palabra tomando el ejemplo de nuestros ancestros ante el inforntunido social. Nietzche en el nacimiento de la tragedia sostuvo que a la vida hay que darle sentido: hay que trabajar para reinventarla.

Por consiguiente, el verdadero valor espiritual está en preguntar, en indagar, en investigar y no en las ansiadas respuestas. Se aprecia el conocimiento, pero no con vocación de éxito y arreglo a fines. Tal vez, nuestra naturaleza se centra en la capacidad anticipatoria, en la capacidad crítica y en la posibilidad de fabricar mundos alternos al status quo. Es por esto que siempre buscamos la contradicción a través de un análisis concreto de nuestra situación, porque entendemos la vida universitaria dentro de una tensión continua, deseada y posible.

Además, pensar que la universidad debe ir de la mano con la sociedad, articulando el individuo y la naturaleza es la tarea porque la lucha es contra la separación, la dispersión y la muerte. Vale la pena recordar las ideas de Edgar Morin, quien entiende nuestro designio en la religación: religación consigo mismo, religación con el prójimo, religación con los suyos, religación con la comunidad, religación con la sociedad, religación con la humanidad y religación con el cosmo.

Igualmente, comprender que la finalidad de la educación en la humanidad está en el plano de la equidad, la justicia y la democracia. Por ende, la primera tarea de la educación es enseñar un conocimiento capaz de criticar el propio conocimiento y no una universidad elitista, segmentada o a la deriva de las conveniencias políticas del momento. Se Debe seguir insistiendo en la educación como bien común y un derecho universal, y no una mercancía más en el escenario comercial ni el fortín de los gobernantes de turno.

Finalmente, la mayoría de edad (Kant) no son cantos de sirena, sino que corresponde a un juicio determinado por las dinámicas políticas que en su momento exigen participación. No hay otra opción a pesar del fatalismo. Por eso, este 21 de noviembre de 2019, nos encontraremos en las calles para insistir en una universidad pública y una sociedad al alcance de nuestro despertar.

[1] “Espera del otro lo que al otro le hayas hecho”.

[2] Del latín, “contra el hombre”.

[3] Cfr. Sobre los mamertos y el origen de la palabra. Recuperado de http://laspacesconcervantes.blogspot.com/2011/10/sobre-los-mamertos-y-el-origen-de-la.html

[4] Cfr. Apuntes para unos hijueputas. Recuperado de https://amazoniaypaz.com/apuntes-para-unos-hijueputas/

[5] Ortega y Gasset. Misión de la Universidad. Madrid: Revista de Occidente/Alianza Editorial, 1982, pp. 11 y ss.

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