¡Se salvaron 7.213 vidas este año, incluyendo la mía!

Esto no es la paz… pero se le parece tanto... Es, en todo caso, un proceso por el que bien vale la pena seguir viviendo.

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En Colombia, entre 2017 y 2018 hubo 14.294 homicidios menos de los esperados, 2.604 desapariciones forzadas no ocurrieron, hubo 1.782 violaciones menos de las corrientes y los desplazados ya no fueron 379.469 al año sino 63.772 (un jurgo, todavía). En el Caquetá los homicidios por el conflicto armado fueron solo 3 en el 2018 y 7 en el 2017, es decir, se evitaron 1.065 muertes este año y 1.061 el año pasado. De haber continuado la guerra se habrían presentado 345 actos terroristas en estos dos años pero por el milagro del acuerdo de Paz en el Caquetá solo hubo 17, hasta el 1 noviembre de este año, según datos oficiales. Esto no es la paz… pero se le parece tanto… Es, en todo caso, un proceso por el que bien vale la pena seguir viviendo.

En efecto, si el presidente Santos no hubiera iniciado negociaciones de paz en su segundo mandato y la guerra hubiera mantenido el mismo ritmo que entre 2002 y 2014, el número de víctimas esperado para los años 2017 y 2018 –años en los cuales entró en plena vigencia el Acuerdo de Paz- bien podría haber sido el mismo promedio anual del período 2002-2014. Y una de esas víctimas bien pudo haber sido usted, amable lector de estas notas, o yo, que las escribo con rubor.

Algunos lectores pueden alegar que esa cifra de víctimas potenciales pudo haber sido algo menor y otros que, al contrario, pudo ser mayor. Todo depende de los supuestos. En todo caso es claro que el narcotráfico, la extorsión, los secuestros, los impuestos y los recursos extranjeros habrían seguido su flujo para alimentar los aparatos militares. Igual, el reclutamiento voluntario y el forzado continuarían haciendo leña de jóvenes y marginados. La crisis venezolana sería otro caldo de cultivo al conflicto armado en Colombia. Y la comunidad internacional estaría ausente, no como aparece hoy.

A pesar de que 13.000 guerrilleros de las FARC hicieron dejación de armas, más de 1.000 se mantienen en “disidencia” y alrededor de 3.000 más están en el ELN y otros grupos. Ese hecho explica que no haya caído aún más la cifra de víctimas estos dos últimos años. Igual, esa es una demostración de que la guerra pudo y puede continuar, e incluso escalarse, de no haberse logrado el Acuerdo de Paz en Colombia.

Cincuenta años de violencia política y de convivencia con el terror, en Colombia, crearon instituciones (reglas de juego, escritas y virtuales) y culturas adecuadas a la violencia, la intolerancia, el comportamiento de clan y de mafia para sobrevivir; crearon el recurso fácil al terror y la intimidación para dominar lo público y hasta lo íntimo, la familia. Por ejemplo, las empresas aprendieron a tributarle a guerrilleros, paramilitares y a corruptos institucionales y, aún así, hacer pingües ganancias repasando costos a los consumidores.

Cincuenta años de odios y ocho millones doscientas mil víctimas no se superan en dos años de un proceso de paz incompleto. No obstante, los datos son contundentes. Miles de campesinos, mujeres, jóvenes, indígenas, afros y habitantes de la periferia –que son la mayoría de las víctimas de esta guerra degradada- ¡están vivos, no fueron reclutados ni violados ni desplazados ni desaparecidos ni bombardeados ni torturados! ¡Gracias a la paz incompleta!

Otros aspectos de la vida nacional están cambiando. No tengo duda -tampoco datos para sustentarlo y acepto debate al respecto-, pero el tema de la corrupción se ha colocado en el centro del debate nacional gracias a que el morbo de la muerte y de la guerra cedió la pantalla a los escándalos de Odebrecht y similares.

En el mismo sentido se puede entender que por primera vez, en los últimos 50 años, el Ministro de Defensa tacó burro al intentar relacionar la movilización estudiantil y docente por educación pública de calidad y gratuita con bandas de terroristas. Los estudiantes usaron la razón y la palabra y la imaginación, con un tanto de coraje, para ganarse hasta los pantallazos positivos de Caracol y el Tiempo, porque son otros tiempos.

Me arriesgo un poco más: si las FARC no de hubieran acogido plenamente al proceso de paz, Gustavo Petro no hubiera sacado ocho millones de votos y la consulta anticorrupción casi once millones. Es que el clima de la guerra y del terror favorecía la inmovilidad política y le brindaba razones a la derecha uribista y su similares. Aquí hubo movilidad política cuando el M-19 y el EPL y demás grupos se desmovilizaron a finales de los años ochenta, y la habrá más aún si la paz es completa. Como dijo el Procurador Carrillo, el humo de la guerra no dejaba ver otras lacras de nuestra sociedad. Peor, no dejaba mover la sociedad. Tarde, bastante tarde lo entendieron las FARC. Ojalá lo entienda pronto el ELN.

Van dos años de entrada en vigencia del Acuerdo de Paz. Muchas han sido las fallas y los incumplimientos. Se ha cumplido con el 21% del mismo, según el Instituto Kroc (agosto 2018). Todo parece apuntar a que el Gobierno del presidente Duque prefiere no comprometerse a fondo con el Acuerdo. No asistió, lamentablemente, al lanzamiento de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad. Y la burocracia nada que se mueve para devolverle la tierra a los campesinos despojados. Todo eso es cierto y es fruto de los resultados electorales recientes. Pero la vida, la tuya, amable lector, y la de miles de colombianos que respiran hoy, aunque no saben que pudieron ser un dato más en la estadística anónima de las víctimas, respiran un nuevo aire de paz y de esperanzas.

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